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Levantarse y continuar. Tema escrito por Guilver Salazar

ANÉCDOTAS Y REFLEXIONES DE FIN DE SEMANA

Levantarse y continuar. Tema escrito por Guilver Salazar

9878744-a-mediados-de-hombre-de-avanzada-edad-ensenando-su-hijo-a-montar-en-bicicletaCuando somos niños soñamos con realizar ciertas cosas, que en nuestra pequeña e inquieta imaginación, consideramos de grandes dimensiones.   En lo personal, una de las cosas que anhelaba era: manejar bicicleta.

Casa vez que veía a otro niño conducirse en aquel vehículo, inventado por el alemán Karl Von Drais, allá por el año de 1817, me quedaba extasiado contemplando el equilibrio del conductor,  el movimiento sincronizado de sus piernas, y la alegría reflejada en su rostro, al disfrutar de aquel viaje en dos ruedas, que lo conducía a su destino, en completa libertad.

Aquel sueño, empezó hacerse realidad, cuando un día por la tarde, mi hermano mayor llegó a casa con una bicicleta de segunda mano.  Mi padre le preguntó por ella, y él le respondió que se la había comprado a un amigo, con los ahorros que tenía de la venta de periódico.  Luego, se dirigió al patio de la casa y, colocando la bicicleta con las llantas hacia arriba, se dispuso a aceitar la cadena.  Mientras tanto, yo permanecía recostado sobre una pared, con la mirada fija en aquel vehículo.  Y en ese mismo momento, la imaginación me hizo verme sentado sobre su asiento, conduciéndola con elegancia, y recorriendo felizmente la Calle Real.

Muchas veces le insistí a mi hermano que me enseñara a manejarla, pero siempre me daba la misma respuesta: ̶ en vacaciones te voy a enseñar.  Finalmente, los aires de octubre anunciaron la conclusión del ciclo escolar, y con ello la llegada de las tan ansiadas vacaciones.  Y en efecto, uno de esos días, mi hermano me dijo, lo que tantas veces esperé escuchar: ̶  Hoy  te voy a enseñar a manejar la bicicleta.  Ese fue un momento grandioso para mí.

Después de pedirle el permiso correspondiente a nuestro padre, mi hermano me subió en el caño de su bicicleta de turismo, y a pedalazo seguro me condujo en dirección al Parque Central.  Ya en aquel lugar, me dio las instrucciones correspondientes, indicándome que cuando llegara a la esquina en donde iniciaba la bajada del Parque, debía parar y dar la vuelta.  Yo abordé el vehículo y, a cada dos pedalazos, ponía los pies en el suelo, mientras presionaba con firmeza el freno trasero.  Sin embargo, cuando llegué a la esquina de la bajada, me puse a pensar sobre las grandes posibilidades que tenía, de aprender a manejar bien la bicicleta, si me armaba de valor y decidía lanzarme sobre la bajada, pues la velocidad constante que alcanzaría en el descenso, me permitiría ir más tiempo sobre la bicicleta, sin necesidad de bajar los pies a cada dos pedalazos, como lo hice en el plan del Parque.

Y en efecto, sin pensarlo mucho, y sin decirle nada a mi hermano, me impulsé para desafiar el prolongado descenso, con ilusión y coraje.  Recuerdo que los gritos de mi hermano ya no pudieron detenerme.  Y en la bajada, me sujeté fuertemente al timón, aunque me fue imposible mantenerlo fijo, pues el mismo se meneaba hacia los extremos, en forma similar como se estremece una persona cuando le invade la fiebre.  Y mientras avanzaba, fui a orillándome hacia la izquierda, hasta el punto en que, a la altura de la casa en donde vivió don Carlos Muñoz, topé la llanta delantera a la banqueta, y salí expulsado hacia el frente, deteniéndome finalmente, al chocar mi hombro contra el balcón frontal de aquella vetusta vivienda.

Mientras sucedía esto, mi hermano permanecía, con el alma en un hilo, parado en la cumbre de la pendiente.  Pese a lo sucedido, con presteza me levanté, sacudí el polvo de la ropa, volví la mirada hacia él, y sin decirle nada, después de levantar aquel vehículo de dos ruedas, subí de nuevo para continuar mi recorrido. Pero esta vez pude comprobar, con asombro y alegría, que mi pedaleo era constante, y que el timón había dejado de moverse, permitiéndome disfrutar de la maravillosa experiencia de manejar con precisión la bicicleta.

La mayor parte de las cosas que hacemos en la vida, no nos salen bien, la primera vez, por ello es importante que seamos persistentes, que continuemos con fe, con la certeza de que somos capaces de lograr todo cuanto nos propongamos.  Y no importa la cantidad de veces que nos hayamos caído, lo importante en la vida es levantarse y continuar con mayor entusiasmo, seguros de que el triunfo está a la vuelta de la esquina.

 

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