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El chaleco. Tema escrito por Guilver Salazar

ANÉCDOTAS Y REFLEXIONES DE FIN DE SEMANA

El chaleco. Tema escrito por Guilver Salazar 

6951313895301265Un 7 de junio de 1917, un dirigente empresarial de Chicago, Estados Unidos, se reunió con un grupo de amigos y empresarios, con la finalidad de conformar un club que tuviese como objetivo satisfacer las necesidades de la comunidad, seleccionando como lema: nosotros servimos.  Fue así como nació el Club de Leones, que ahora cuenta con más de cuarenta y cinco mil clubes, en doscientos seis países a nivel mundial, y cuyas oficinas centrales están en Oak Brooks, Illinois, Estados Unidos.

Los clubes de leones llegaron a muchos pueblos de nuestra querida patria Guatemala, dedicándose, como dice su lema, a servir.  De esa cuenta se construyeron muchas escuelas, centros de salud y otras obras de infraestructura que benefician a gran número de guatemaltecos.

Pues bien, en mi pueblo también se conformó esta organización, la cual se caracterizaba porque sus miembros usaban un chaleco color amarillo, el cual llevaba adherida a la parte frontal, una serie de medallas.

Al Club de Leones asistía generalmente las personas que tenían una posición económica solvente; desde personas de la clase media hasta clase alta.

Resulta que en una ocasión, una estimable dama del Club de Leones de mi pueblo, tenía que asistir a una convención en el mes de septiembre, por lo que empezó con varios meses de anticipación a preparar su indumentaria.  De esa cuenta, tomó el chaleco y se lo colocó frente a un espejo.  No tardó en darse cuenta que aquel símbolo del leonismo no le quedaba como a ella le hubiese gustado.  Y es que la verdad, la estimable dama era muy vanidosa.

Insatisfecha por la manera en que le tallaba el chaleco, decidió visitar a uno de los más prestigiosos sastres de la localidad, para pedirle que se lo arreglara, explicando con lujo de detalles los motivos de su inconformidad.

El sastre, que pasaba más ocupado que el gobierno, tomó la prenda y le prometió a la estimable señora, hacer un espacio de tiempo en su apretado calendario, para complacerle en el arreglo de dicha prenda.

Finalmente, cuando la dama se hubo retirado, el sastre tomó el chaleco y colocándolo en una percha, lo introdujo a un antiguo armario de cedro que tenía en la sala donde estaba instalado su taller.

Sin embargo, las ocupaciones del sastre le hicieron olvidarse de aquella prenda de vestir, al punto en que no lo sacó ni siquiera para observar los defectos que la dama le había enunciado.

A los dos meses de aquel suceso, y cuando ya se acercaba la fecha de la convención, la dueña del chaleco se apareció una mañana frente a la puerta de aquel taller.  El sastre, al escuchar que tocaban con insistencia, abrió la puerta, y al ver a la señora, volvió a recordar el dichoso chaleco, el cual aún permanecía colgado de la percha, tal y como lo había colocado el día en que la dama se lo llevó.

La señora, después del saludo de rigor, dijo al sastre:

            ̶  Don Ramón, ¿ya me arregló mi chaleco?

El sastre, un tanto dudoso, respondió:

            ̶  Ummmmm, yo creo que sí.

Luego, abrió el armario, le quitó la percha al chaleco, y después de sacudirle el polvo se lo entregó a estimable dama.

Doña Engracia, que así se llamaba aquella señora, se ubicó frente al espejo de dos metros de alto, que tenía el sastre justo en medio del taller.  Se colocó el chaleco con sumo cuidado; giró hacia la derecha y luego hacia la izquierda; le dio un par de jaloncitos hacia abajo, en forma delicada y muy femenina, y después de intentar vérselo por la parte de atrás, dijo a don Ramón:

            ̶  ¡Excelente trabajo, don Monchito!  Usted sí que atinó bien en donde estaban los defectitos del chaleco.  Lo felicito, oye.  Y…, ¿cuánto le debo?

El sastre, rascándose la cabeza, y sin salir de su asombro, un tanto titubeante, dijo:

            ̶  Son veinte quetzales.  Y que conste que le cobro eso, por ser usted.

Ella sonrió, al tiempo que expresaba:

            ̶  Tan chulo don Monchito.  Pero sobre todo, muy buen sastre.  Aquí tiene su dinero, y ya sabe que la próxima vez, aquí me va a tener.

La estimable señora se retiró muy agradecida con el sastre, mientras éste no salía de su asombro.  Luego se sentó en un banco, mientras meditaba con preocupación lo sucedido, sin saber si era la señora o él, quien había perdido la memoria.

Esta anécdota nos muestra la manera en que muchas personas gastan su dinero, tan solo para complacer sus caprichos.  Y muchas veces, como en el caso de esta dama, no se percatan de que su vanidad les causa una especie de ceguera, que les impide ver la realidad.

Es bueno que las personas se den ciertos gustos, cuando sus posibilidades económicas se los permita, pero lo que no es bueno es caer en la exageración, pues se corre el riesgo de convertirse en una persona cuya vanidad, les ponga en ridículo, o sea, en una situación que mueva a la burla o a la risa, por su rareza o extravagancia.

Y como dijo Balzac: “Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”.

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