Deseo compartir con ustedes esta vivencia que aparece publicada en mi más reciente libro LA CUADRA, con la finalidad de complacer a quienes me han contactado a través de las redes sociales, para solicitar una de estas anécdotas personales.  Aprovecho también para agradecer a los lectores que esperan ansiosos este espacio literario, a las personas que hacen sus comentarios y a quienes expresan su gusto por los mismos.

LA ÚNICA TOREADA

Esquipulas siempre ha sido un pueblo de gente muy entusiasta, que gusta de los buenos espectáculos y de salir avante en todo lo que se propone.   De esa cuenta, allá por el año de 1969, cuando yo cursaba quinto grado de primaria en la Escuela Pedro Nufio, un grupo de ganaderos locales, aficionados al rodeo y a la fiesta taurina, entre los que se encontraba don David Pacheco, los hermanos Ortega y, Rigoberto Lemus, caballista salvadoreño, que por cierto fue quien trajo el primer caballo amaestrado a Esquipulas, llamado “Kalimán”, decidieron realizar en nuestro pueblo una corrida de toros.  Para el efecto, se pusieron en contacto con el famoso torero español Nelson Maya y su esposa Guadalupe, más conocida como “Estrella de Oriente”, y quienes vivían en la ciudad capital de Guatemala.  Después de llegar a un acuerdo, el novillero se hizo presente en nuestro pueblo, en compañía de su esposa, quien también formaba parte del espectáculo taurino. Con antelación, los organizadores trabajaron arduamente en la circulación, con ramas de roble, de todo el predio en donde hoy está el Mercado Municipal, lugar usado por los niños y jóvenes de mi época para jugar al fútbol y encumbrar barrilete, entre otras actividades.  En dicho terreno, también se reunían las señoras del barrio para lavar la ropa, en la pila pública que estaba en uno de sus extremos. Pues bien, la enramada quedó terminada un día antes, y fue construida con el propósito de que todas las personas que quisieran presenciar este espectáculo, pagaran el valor de la entrada. La noticia de la llegada de los toreros a Esquipulas corrió como pólvora, tanto en nuestro municipio como en los pueblos vecinos, de tal manera que el día estipulado para la realización de tan esperada faena, el predio enramado estaba totalmente lleno.  Aunque, no crean que todos pagaron por ver la única toreada que se ha realizado en nuestro pueblo; hubo uno que otro que “por cuello” entró “de colado”, sin contar con aquellos que se las ingeniaron para subirse a la parte más alta de las casas aledañas,  y a los árboles cercanos a la enramada. El espectáculo dio inicio ante aquel lleno impresionante; y al grito de: ¡Oooooooooooole!  ¡Oooooooooooole!, Nelson Maya inició su faena.  Naturalmente aquella era una exhibición en donde no hubo corte de rabo ni de oreja, ni banderillas ni estocada final; el torero se concretó a esquivar las envestidas del toro y a ponerle sabor con sus lances y movimientos, a un espectáculo inédito.  Pero cuando le tocó el turno a la esposa de Nelson, la cosa se puso buena, porque si la toreada en sí ya era todo un espectáculo para los apacibles habitantes de Esquipulas, de aquellos años, imagínese la impresión que les causó saber que una mujer enfrentaría a un toro bravucón, que rascaba la tierra con las patas delanteras, y expulsaba un “chorro” de vaho, perceptible después de cada mugido.  La exhibición taurina estaba para no perderla de vista, por ello, al no contar con dinero para pagar la entrada, y no encontrando un lugar en la marquesina de la Pensión Oriental, propiedad de nuestro vecino don Antonio Rodríguez Portillo, ni en las copas de los árboles de mango plantados por donde hoy se encuentra Bulock´s, los que ya estaban totalmente llenos, decidí subirme a un palo de pito que había en el patio de mi casa.  Cuando la mujer empezó a torear, me ubiqué en la rama que estimé más conveniente.  Pero de repente, la emoción subió de tono, ya que en un descuido, el toro envistió a la dama, provocando que sus tacones salieran literalmente “volando” por los aires, con rumbo diferente.  Yo no quería perderme el más mínimo detalle, por lo que subí a la parte más alta del pito, con tan mala suerte, que cuando el toro estaba en lo mejor de la envestida, la rama en la que me había parado se quebró, lo que ocasionó que me viniera “en picada”, cayendo sobre el suelo árido del patio de mi casa.  Aquel accidente me causó una herida de consideración en la quijada, de donde emanaba abundante sangre, y moretes en las rodillas y los codos.  Pero lo que más me dolía es que ya no pude ver a dónde fue a parar la mujer del torero. Mi madre, al enterarse del accidente, corrió en mi auxilio y de inmediato me llevó al Centro de Salud, ubicado en donde hoy está el Parque Infantil, aledaño a TELGUA. Al llegar al Centro, fui atendido con prontitud por el doctor Haroldo Corado de la Vega, quien después de examinarme, cerró la herida con varios puntos, y me colocó una especie de sujetador plástico para inmovilizarme la mandíbula.  Ante esa circunstancia, me tocó ausentarme de la Escuela por dos semanas, habiendo pasado la mayor parte de ese tiempo, descansando sabrosamente en mi casa, bebiendo los deliciosos atolitos de maicena que me preparaba mi mamá, y los jugos enlatados que llevaron los vecinos que me visitaron. Durante varias noches soñé con la mujer torera,  con los tacones que salían “volando” en diferente dirección, y con el “porrazo” que me llevé al caer de lo más alto del pito.  Por cierto, aún se me nota la cicatriz en la quijada.

TEMA ESCRITO POR GUILVER SALAZAR para www.nuestraesqupulas.com cada sábado puedes leer más temas.