Un día de estos, abordé uno de los buses que va a la cabecera departamental de Chiquimula, y escogiendo la fila de asientos de la derecha, me senté a la par de un señor que, sumergido en sus pensamientos, contemplaba a través de la ventana todo el paisaje de nuestra bella ciudad.   El señor en mención no se percató de mi presencia; seguramente no quería perder ningún detalle de lo que contemplaba fijamente.  Sin embargo, unos cincuenta metros después del mirador, pareció reaccionar cuando presenció que una persona, con su vehículo parqueado a la orilla de la carretera, desocupaba la basura que llevaba en la palangana del mismo, formando con ello un pequeño basurero clandestino.  Fue en ese justo momento cuando el señor se dirigió a mi persona, y sin ningún preámbulo dijo:

̶ ¡Qué barbaridad! ¿Se dio cuenta lo de ese carro?

Yo solo sonreí.  Luego, continuó diciendo: ̶ ¿No cree que sería mejor que, en vez de usar el vehículo para venir a lanzar basura a la carretera, lo usara para recoger la que la gente ha tirado por la ventana de los carros?

Queriendo entrar a la plática, dije: ̶ Hay muchas cosas que serían mejor.  Por ejemplo: todas esas bolsas que están a la orilla de la carretera, probablemente no existirían si los vendedores nos cobraran como mínimo cinco quetzales o más, por entregarnos los productos en bolsa de nylon, de esa manera cada quien nos preocuparíamos por llevar en qué echar los productos adquiridos, evitando con ello comprar una bolsa tan cara.  Es más,  ̶ continué diciendo ̶  las fábricas que producen estas bolsas deberían ser obligadas a colocarles un rótulo que diga: el consumo de este producto causa contaminación ambiental.  Como se hace con los cigarros, que advierten del daño que causa a la salud. ¿No le parece?

Interesado por el giro que estaba tomando la conversación, el señor respondió:

̶ Tiene razón.  Quizá de esa manera, no veríamos el “montón” de bolsas con basura en arriates y aceras de calles y avenidas principales, ni colgando de los  balcones de muchas casas, las que luego los perros se encargan de romper y dejar regado su contenido por todos lados.  Sería mejor que sacaran un bote con basura y esperaran a que el camión municipal pasara recogiéndola, para recibir de nuevo su bote.   Y mejor todavía, si mientras esperan la llegada del camión, le dieran un escobazo al frente de sus casas; como era antes.   ̶ Dijo con cierta nostalgia.

Lo que indudablemente sería mejor, ̶ argumenté con propiedad ̶  es que todos nos uniéramos en una causa común: poner, cada quien, lo que nos corresponda para evitar seguir contaminando nuestra hermosa ciudad, nuestro bello país, y por ende nuestro planeta.

Dicho esto, hubo en espacio de silencio, como si ambos meditáramos sobre la contaminación y sus graves consecuencias, las que seguramente le pasarán la factura a nuestros hijos, nietos, y a los hijos de éstos, si es que pueden vivir en un ambiente contaminado.

Recordando algunas actitudes y hechos interesantes que ayudan a la concientización del manejo adecuado de la basura y disminución de la contaminación por desechos sólidos, dije: ̶  Fíjese que, en la escuela en donde yo trabajaba, teníamos el problema de que los dos conserjes no se daban abasto para recolectar toda la basura que dejaban regada, por todos lados,  las ochocientas alumnas que disfrutaban de su recreo.  Por lo que, tratando de evitar el problema, propuse a los maestros, que colocáramos un recipiente  en la entrada del aula, y que les pidiéramos a las alumnas que antes de ingresar al salón de clases depositaran en él, la basura de lo consumido en el recreo.  A un principio, fue un poco complicado, pues no se tenía la costumbre de hacerlo. Sin embargo, con forme pasaron los días, los patios y corredores se veían más limpios, y los conserjes invertían menos tiempo en dejarlos relucientes.  Este año, ̶ agregué ̶  la licenciada Ángela del Rosario García Marcos, propuso que para evitar el consumo excesivo de platos y vasos desechables, causantes de que los  toneles rebalsen de basura, se exigiera a las alumnas que llevaran plato y vaso plástico, para recibir la refacción comprada en la tienda escolar.  Realmente, fue una idea genial, pues el último mes que yo estuve en la escuela Pedro Nufio, no se veía basura tirada en el suelo, y los toneles casi permanecían vacíos.  Si en todos los Establecimientos de nuestro municipio, de nuestro departamento y de nuestro país se hiciera lo mismo, créame que los índices de contaminación por desechos sólidos bajarían enormemente.  Y los hombres y mujeres del mañana, vivirían con la esperanza de disfrutar de un planeta menos contaminado.

El señor sonrió y movió la cabeza como diciendo: tiene razón.  Luego, se percató que estaba a punto de llegar a Quezaltepeque, por lo que, de manera apresurada, procedió a darme la mano, mientras decía: ̶  Siento mucho no seguir conversando con usted, profesor, pero voy a bajar.  Qué Dios le cuide.

̶ Igualmente, ̶  respondí con agrado.

Seguramente, ambos sacamos dos conclusiones de aquella amena charla: la primera: que es una necesidad vital, que las autoridades, maestros, estudiantes, comerciantes, empresarios, vendedores, amas de casa, y vecinos en general, nos unamos en la causa vital de combatir la contaminación ambiental.  Y la segunda: que cuando suceden encuentros como este, en donde se habla de temas interesantes o que nos preocupan, es hasta cierto punto aceptable olvidar los buenos modales, pues ninguno de los dos nos preocupamos por presentarnos.  Sin embargo, si él llegara a leer este mensaje, me gustaría decirle que fue agradable conocerle; que no sé su nombre, pero que el mío  es: Guilver Salazar.