Era el mes de febrero y en Esquipulas no se hablaba de otro tema más importante que la celebración del 9 de marzo, día del Cristo Negro.  Los catedráticos y estudiantes de diferentes centros educativos, grupos católicos y familiares, empresas y vecinos en general, realizaban diferentes actividades en la víspera de tan esperado acontecimiento.   Una de estas actividades era, las coloridas alfombras cuya policromía, con alma de serrín, se extiende como tapete multicolor a lo largo de la tercera avenida y otras calles por donde pasa la procesión del Cristo Negro.  Naturalmente, cuando esta tradición se inició hace ya muchos años, las alfombras eran muy diferentes, pues se hacían de pino, adornadas con flores naturales y retazos de nilón.

 

Pues bien, ese año, un joven llamado Roberto, cuya edad no pasaba los veinte años, por circunstancias especiales había abandonado sus estudios para dedicarse a trabajar en una fábrica de imágenes de yeso, llevaba varios años de colaborar en el diseño y recorte de los moldes que servían para la elaboración de una tradicional alfombra, la cual  se ubicaba en un punto estratégico de la Calle Real.  Ese año, desde inicios del segundo mes, Roberto ya tenía trazados los dibujos de diferentes figuras geométricas, entre las que destacaban dos hermosos rosetones y varias grecas que serían utilizadas en las esquinas y en los faldones de la alfombra.  Los diseños de la parte central eran elaborados por los organizadores de la misma.

Aquel entusiasta joven, no sólo invertía tiempo, esfuerzo y creatividad en la elaboración de los moldes, sino también dinero, pues los gastos en la compra del cartón y las cuchillas que utilizaba para cortarlos, corrían por su cuenta.  Sin embargo, él lo hacía con mucha devoción y enorme agradecimiento, pues aseguraba que el Señor de Esquipulas había salvado su vida y la de sus padres, en un accidente automovilístico, en la ruta que va de esta ciudad a la capital.  En esa ocasión, su padre, que aún vivía con ellos, iba manejando un vehículo de segunda mano, que le había comprado a un compadre, cuando en una vuelta ubicada  adelante de Rio Hondo, Zacapa, perdió el control, saliéndose de la cinta asfáltica y cayendo en una hondonada de aproximadamente diez metros.  Cuando Roberto se percató de que el vehículo iba directo al barranco, exclamó: ̶  ¡Señor de Esquipulas, protégenos!  Minutos después, los trabajadores de una melonera los sacaron del interior de aquel carro convertido en chatarra.  Sin embargo, ninguno de los tres había sufrido heridas o golpes de consideración. De ese accidente, lo único que nuestro amigo lamentaba, era que a raíz de la pérdida del vehículo, su padre decidió irse a los Estados Unidos, pero tres años después, formó un nuevo hogar, dejándolos en el abandono.

El uno de marzo, como a eso de las diez de la mañana, Roberto le llevó los moldes al presidente del grupo de amigos que hacían la alfombra, sin imaginar que, por disposición del resto de compañeros, habían decidido que los moldes a usar ese año serían elaborados por un catedrático de Artes Plásticas, de un reconocido Establecimiento Educativo de la localidad, situación que el joven desconocía.Roberto regresó a casa con los cartones bajo el brazo, con la mirada al piso y reflejando en su  rostro una honda tristeza.  Por primera vez, sus moldes no serían usados en una alfombra para el Señor.El ocho de marzo por la noche, animado por su madre, Roberto decidió recorrer la tercera avenida para observar las diferentes alfombras que se elaboraban en la víspera del día del Señor de Esquipulas.  Cuando pasó frente a la de sus amigos, estuvo a punto de derramar un par de lágrimas, pero por vergüenza, se contuvo.  Después del Puente Grande, se encontró con un grupo de personas que habían delimitado un espacio para elaborar una alfombra.  En este punto se detuvo, pues le llamó la atención dos situaciones particulares de aquel grupo: la primera, que las personas no eran esquipultecas; y la segunda: que todos estaban sentados, cabizbajos, y en espera de algo que al parecer no llegaba.  Intrigado por tales situaciones, el joven se acercó a uno de los miembros del grupo, y con timidez, dijo: ̶  Ustedes no son de aquí, ¿verdad?  El muchacho respondió: ̶  No, somos una familia de la capital.  Roberto, preguntó: ̶  ¿Y por qué no empiezan a elaborar la alfombra?  El muchacho, respiró profundo, y respondió: ̶  Es que mi padre olvidó echar los moldes al carro, y no sabemos por donde empezar.  Al escuchar esto, el rostro de Roberto se iluminó, pues consideró que el Cristo milagroso le estaba dando la oportunidad de que sus moldes fueran usados en una alfombra para Él.Después de que Roberto le comentó al muchacho lo de sus moldes, la familia de don Sergio Cantoral recuperó la sonrisa, y mientras ellos se organizaban, nuestro amigo partió presuroso, rumbo a su casa.  Minutos después llevaba consigo los moldes, los que fueron observados con admiración y agradecimiento por aquella familia capitalina, poniendo de inmediato: manos a la obra.

Como a eso de las tres de la mañana, la familia Cantoral y nuestro amigo esquipulteco, contemplaban complacidos aquella alfombra que, a lo largo de todo el día, recibió halagos de quienes caminaban por la calle principal con la finalidad de contemplar estas hermosas obras de arte que se ofrecen como obsequio de amor y devoción, a la bendita imagen del Cristo Redentor.

El anda preciosa, elaborada por Mario Salazar Grande y su equipo de colaboradores, el perfume de las flores, las bombas de mortero, las ametralladoras, la música sacra, el incienso y el rezo de los cargadores y acompañantes en el cortejo procesional del Señor de Esquipulas, acrecentaban el fervor en aquel día tan especial.  Y en el momento justo en que el Señor de Esquipulas pasaba por la alfombra elaborada por la familia Cantoral, Roberto fijó la mirada en los ojos del Cristo, y las dos lágrimas que un día antes contuvo por vergüenza, ahora de felicidad rodaban sobre sus mejillas.  Su pecho se llenó de aire, y al expulsarlo, sus labios se abrieron para decir: ̶  ¡Gracias, Señor, por este nuevo milagro!Las coloridas alfombras dedicadas al Cristo Negro, que un 9 de marzo de 1595 vino a nuestra tierra para quedarse entre nosotros, se continuarán elaborando durante muchos años, pues además de una tradición, constituyen un patrimonio de los esquipultecos.  Y seguramente, historias como la de Roberto, seguirán repitiéndose de manera diferente, pero por obra y gracia de nuestra bella imagen, todas tendrán un final feliz, llenando de gozo espiritual e inmenso amor a los esquipultecos y personas que nos visitan, y regando bendiciones a esta tierra hermosa, Esquipulas, conocida como la Capital Centroamericana de la Fe.

Tema escrito por: Guilver Salazar para www.nuestraesqupulas.com