VIRGEN_DE_GUADALUPE

 

El siguiente mensaje no es exactamente uno de mis acostumbrados trabajos literarios, es más bien la narración de un seceso real que cambió para siempre mi vida.

Esta narración la he mantenido en secreto, aunque las personas más cercanas a su servidor tienen conocimiento de ella.  Por razones puramente personales he querido darlo a conocer ahora que estamos próximos a celebrar el día de la Virgen de Guadalupe, a quien le profeso enorme devoción.

Quiero dedicar el relato a los lectores de esta página, tanto a los que viven dentro de nuestro municipio como fuera de él; así mismo a quienes se encuentran en el extranjero y que de alguna manera han mantenido comunicación conmigo, tal el caso de: Karol Marroquín, Moncho Cabrera, Roberto Monti, hermanos Villeda López, seño Zoila Cáceres, Ana María Fernández, Estelita Rosales, entre otros.  A todos les deseo que nuestro Señor Jesucristo les llene  de abundantes bendiciones en el año que está por venir, y que la Virgen de Guadalupe, Patrona de América, interceda por ustedes todos los días.  

“La noche se había vuelto intensamente oscura, y en cuestión de minutos, el valle de Esquipulas era abrazado por una fuerte tormenta, no característica del mes de febrero.  Mi esposa, mi hija y yo, nos reunimos en una de las dos habitaciones que en aquel entonces utilizábamos para dormir.  Nos sentamos en la cama, y mientras la lluvia hacía sentir su inclemente presencia, nosotros aprovechábamos la ocasión para conversar de algunos temas de nuestro interés.  Cuando teníamos más o menos unos cuarenta y cinco minutos de estar platicando, me levanté y me encaminé al baño de la habitación contigua, el cual estaba separado por un pequeño pasillo.  Frente a la puerta del baño habíamos colocado un botiquín de primeros auxilios que usábamos los tres.  Cuando abrí la puerta del baño, mis ojos dirigieron la mirada hacia el botiquín.  Con asombro contemplé el aparecimiento de algo que me dejó perplejo.  Llamé, con voz fuerte e insistente, a mi familia quienes de inmediato se acercaron hasta donde me encontraba.  Les pedí que fijaran la mirada en el botiquín.  Ellas, al volver, abrieron desmesuradamente los ojos al tiempo que decían: ¡es un Rosario!  Efectivamente, alrededor del botiquín se había formado el Santo Rosario.  Las cuentas que dividen cada uno de los cinco misterios estaban perfectamente formadas con agua, y al final, aparecía inclusive la cruz.  Yo abrí el botiquín y saqué los frascos que contenían alcohol y agua oxigenada, con la intención de comprobar si alguno de ellos se había derramado, pero éstos estaban herméticamente cerrados.  Volví la mirada hacia el techo en busca de alguna gotera, pero no había señal de que esa fuera la causa de la formación de aquel Rosario.  Después de contemplarlo por algunos minutos, decidimos buscar nuestras camas para conciliar el sueño. 

A la mañana siguiente, el Rosario había desaparecido.  Yo continué mi rutinaria vida sin darle mayor importancia a aquel suceso.  Seguramente mi corazón estaba hecho  de sólida roca; no se conmovían tan fácilmente.  Era evidente que la Virgen María y su hijo amado Jesús, únicamente formaban parte del misterio que colocaba en la sala de mi casa para Navidad, pero no en mi corazón.

Un mes después, mientras trataba de conciliar el sueño, me incorporé sobresaltado.  Sentí que me ahogaba.  Corrí al baño y expulsé algo que me pareció ser residuo de comida.  Esa noche no dormí. 

A la mañana siguiente, sentía que mi estómago no estaba bien.  No apetecía la comida, y el temor de que la misma me provocara aquella extraña sensación de asfixia me impedía hacer el intento por ingerir los alimentos.  Los días fueron pasando y mi salud se deterioraba cada vez más.  Los médicos me recetaban diferentes fármacos que no conseguían restablecerme.  Poco a poco empecé a perder estabilidad.  Sentía en mis extremidades un “hormigueo” desagradable.  Finalmente, cuando llevaba veintidós días de padecer aquel extraño mal, mi esposa se vio en la necesidad de llamar de emergencia al médico de cabecera para que me reanimara, pues había sufrido un desmaño y una leve convulsión.  El siguiente día, auxiliado por dos compañeros de trabajo, era conducido a la ciudad de Zacapa con la finalidad de practicarme una endoscopía que permitiera establecer las causas de la enfermedad.  Para ese momento, mi cuerpo estaba “encarrujado”.  Al llegar a aquella cálida ciudad, mi hermano mayor me estaba esperando, y por sugerencia suya me internaron en un sanatorio privado, un martes santo.  Los médicos celebraron una junta para discutir lo que ellos consideraron un extraño padecimiento.  Inmediatamente después me revisaron y me administraron un suero intravenoso.

Por la noche, un tanto débil, abrí los ojos y al ver a mi esposa sentada a la orilla de la cama le pregunté: ¿Recordás el Rosario que se apareció alrededor del botiquín?  Ella me respondió afirmativamente.  Luego le manifesté que había estado pensando en él, llegando a la conclusión  que dicha aparición tenía que ver con lo de mi enfermedad.  Estaba seguro que la Virgen María se había manifestado a través de él para anunciarme de la necesidad de buscar ayuda médica y ayuda espiritual, pues estaba por venir aquel extraño padecimiento.  Luego, le pedí que rezáramos el Santo Rosario, lo que hicimos de inmediato y de una manera muy empírica.  Finalmente me quedé dormido.

A la mañana siguiente, extrañamente sentí deseos de comer.  Se lo manifesté a mi esposa quien buscó a la enfermera de turno para comentarle tal petición.  Minutos más tarde me llevaron algunos alimentos los que ingerí con apetito.  El almuerzo fue igual.  Mi ánimo había cambiado, tanto que el médico que me examinó el día anterior me manifestó que si seguía así, el siguiente día me daría la salida.  Y efectivamente, el viernes santo, volví a casa después de haber pasado dos días en aquel centro asistencial.

A partir de mi salida, empezó mi proceso de recuperación el cual duró más o menos un mes.

Hasta la fecha no sé exactamente cual fue mi enfermedad.  Pero de una cosa estoy seguro: María Santísima hizo no solo el milagro de sanarme físicamente, sino el milagro de que mi vida cambiara para bien.  De ahí mi devoción por la madre del Redentor.  Por ello, no dudo en afirmar que: el aparecimiento del Rosario alrededor del botiquín, fue un suceso que cambió mi vida.  Y si a alguno de los lectores le sirve esta historia para su crecimiento espiritual, habrá valido la pena esta publicación.

Que Dios les bendiga.

guilversa    Guilver Salazar.