Deseo recordar, a través de este medio, una vivencia ocurrida durante la niñez, que seguramente también hará recordar esa época, inocente y maravillosas, a los estimados lectores de este espacio semanal. Aquella fresca mañana del mes de julio, con evidente pereza abrí los ojos y estiré pausadamente las extremidades superiores, como si tratara de romper  gruesas cadenas que impedían enderezarme.   En el momento justo en que abría la boca para bostezar, escuché que las tejas  de mi casa estaban llorando, porque habían recibido incontables cubetas de lluvia que lanzaron las nubes, la noche anterior. Pero el mayor ruido lo hacían las palanganas de peltre que mi madre colocó, en diferentes puntos para recibir el agua de las goteras. Con gusto me hubiera quedado un rato más en el catre de lona que mi padre me había fabricado, pero mi madre abrió la puerta del cuarto y, con voz amorosa, me recordó que esa mañana me tocaba ir a comprar el delicioso requesón que hacían donde doña Refugio Villeda, cerquita del parque central. En casa éramos siete hermanos, y cada uno tenía ciertas tareas asignadas para colaborar con los quehaceres del hogar, lo cual hacíamos con alegría, pues cada quién había escogido la tarea que más le agradaba.  Así que, después de dar los buenos días a mis padres y hermanos, me levanté de inmediato, me metí bajo la regadera y, después del remojón, salí presuroso en busca del blanquecino alimento, con un plato en la mano izquierda y un par de monedas en la derecha. A las siete y media de la mañana, después de un delicioso  desayuno, tomé mi maletín de hojalata, también fabricado por mi padre, y salí rumbo a la escuela Pedro Nufio, la cual iniciaba sus clases a las ocho en punto.  Los fines de semana por la mañana, iba a la escuela, y por la tarde  acostumbraba ir a bañarme al río.  Y aunque no podía nadar, como lo hacían los amigos que me acompañaban, me las ingeniaba para “chapotear” en las partes en donde el agua me llegaba, no más allá de la cintura. Las aguas frescas y abundantes de aquellos cercanos afluentes eran mi obsesión. Me fascinaba ver correr el cristalino líquido, que al igual que un chiquillo retozón, alegre y bullanguero, se deslizaba veloz, corriente abajo. El cántico de los pájaros, los gritos y risas de mis amigos y la musicalidad del agua que, en su recorrido endulzaba mis oídos, me hacía vivir imaginariamente muchas aventuras. Quizá por esos momentos tan bonitos que pasaba en el río, había tomado por costumbre ir todas las tardes a ver la televisión a la casa de don Oscar Arriaza, quien era el único que tenía televisor en aquel sector, y sus hijos: Edgar (Eka) y Estuardo, nos cobraban dos centavos por ver varios programas, entre los que destacaba: las aventuras de Tarzán, “El hombre mono”. Por cierto, viendo la televisión, yo sentía que no era necesario viajar al África para conocer a este corpulento personaje, ni mucho menos estar frente a él para aprender sus movimientos, saltos y gritos al colgarse de un “bejuco” y atravesar los bosques  húmedos  y espesos,  los temerosos  pantanos y los  caudalosos y bravos ríos.  De esa cuenta, mi mente grabó en cuestión de segundos hasta su vestimenta, tan simple como  un trozo de tela negra que hacía las veces de calzoneta,  y en la cintura, un filoso cuchillo. Una tarde lluviosa del mes de agosto, mientras jugaba alegremente dejando caer barquitos de papel sobre las correntadas de agua, que  se movían veloces a la orilla de las banquetas,     mi    hermano    mayor, Mariel Salazar,    me    dio    la   gran   noticia de que don Bernardino Martínez y doña Marta García, expendedores de periódico en Esquipulas, necesitaban otro voceador.  Esa era la oportunidad que yo estaba esperando para ganar dinero y poder comprar la vestimenta de Tarzán. En vacaciones, después de haber ahorrado lo suficiente, compré la tela negra,  pagué la confección del taparrabo a doña María Bruno, y adquirí un cuchillo cacha de hueso donde un mercero de la calle real, convirtiéndome así en Tarzán, el Rey de la Selva.   Luego, invité a mis vecinos: Rafael y René Mejía, para que fuéramos a bañarnos el fin de semana al río El Milagro, ubicado atrás de la Basílica. En sus márgenes vivimos, aquel sábado, las más insospechadas aventuras.  Enterramos tesoros, rescatamos doncellas, enfrentamos a los cocodrilos de los pantanos y a otros animales salvajes, al tiempo que capturamos a peligrosos y desalmados maleantes.  Todo esto fue posible gracias a nuestra prodigiosa imaginación, y a la agilidad y destreza de Tarzán y sus dos intrépidos amigos. El siguiente sábado, por la tarde, en compañía siempre de mis vecinos, marché rumbo al río en busca de nuevas aventuras.     Cuando el Sol estaba por  desfallecer detrás de los verdes cerros, yo, con mi traje de Tarzán, contemplaba a un grupo de señores que se bañaban en “La Presa”, una poza de profundidad considerable.

Todos los movimientos que hacían los bañistas eran observados con detenimiento por el rey de la selva.  Sin embargo, mi concentración en los nadadores de “La Presa” no me permitió percatarme de que me había parado, con los pies mojados, sobre una delgada alfombra de musgo, la cual se ponía lisa con el agua.  Cuando me acuclillé  para presenciar mejor a los bañistas, mis pies deslizaron, cayendo de bruces al agua Los gritos desesperados que emitía parecían no ser escuchados por los hombres que disfrutaban de la extensión y profundidad de “La Presa”.         Además, ¿quién iba a creer que Tarzán podía estar a punto de ahogarse?  A lo mejor, si alguien escuchó mis petitorios de auxilio, consideró que estaba bromeando.  Sin embargo, varios minutos después sentí que las fuerzas me abandonaban.  Ya no gritaba, solo me impulsaba hacia la superficie y levantaba débilmente los brazos.  Finalmente, perdí el conocimiento y no supe más de mí.  Minutos después, cuando abrí los ojos, comprobé que estaba acostado boca arriba sobre el llano y que a mi lado estaba un muchacho, que supuestamente había tomado en serio mi congoja y me había salvado la vida.  Él era, el profesor Ramiro Ucelo Portillo. Cuando me sentí mejor, me levanté lentamente.  No recuerdo si le di las gracias, pero al estar de pie, busqué en vano a mis amigos,  quienes asustados por el acontecimiento, salieron en desbandada, dejando que “El Hombre Mono” viviera solo la peor de sus pesadillas.

Cuando los primeros claros de luna intentaban darle brillo al oscuro cielo,  cabizbajo, meditabundo y con los ojos llorosos, regresé a mi casa.   Sin hacer el más mínimo comentario, guardé el taparrabo y el cuchillo en el fondo de una caja de cartón, en donde mi mamá guardaba unos trastes viejos, y jamás los volví a sacar.

A partir de ese día, Tarzán ya no volvió a cruzarse por aquellos verdes y románticos parajes, que una vez le vieron realizar sus imaginarias hazañas. Y es que nunca pude superar la vergüenza que me causaba recordar, que el hombre de la liana, estuvo a punto de ahogarse en “La Presa” del río de Los Milagros.