(Reflexión) La actitud de aquel hombre no era producto de la casualidad, porque no era una acción improvisada sino premeditada.  Y en toda esta historia no solo estaba la disponibilidad de Judas Iscariote, de entregar al amigo, al Maestro, al Hijo del hombre, sino también los designios de Dios  para que se cumpliera el plan de salvación de la humanidad. En realidad, la decisión personal de este apóstol del Señor, de entregar a Jesús con los sumos sacerdotes, se vuelve un tanto inexplicable.  Porque después de convivir con el Maestro y el resto de discípulos, de tener contacto directo con los hechos milagrosos de Cristo, de escuchar su mensaje profundo de amor y de saber que Jesús era Dios, uno se pregunta: ¿qué razones poderosas tuvo este hombre para cometer aquel acto de alta traición?

Las razones de quienes compraron la voluntad de Judas, tampoco son muy comprensibles, a no ser de que lo veamos como la preocupación de que Jesús se convirtiera realmente en un rey terrenal, y que esto afectara a sus mezquinos intereses de poder, pues el hecho de querer eliminarlo por ser contrario a sus principios y creencias, es una posibilidad no muy convincente.

Pero, volviendo a lo de Judas, imagino que pasó muchas noches en vela, dándole vueltas al asunto, quizá diseñando mentalmente la ruta a recorrer hasta llegar a Él, urdiendo la manera fácil de mostrar al enemigo, no tanto para que identificaran a Jesús, pues todo mundo lo conocía, sino más bien intentando demostrar, con su traidora actitud, que aquel hombre era culpable de un grave delito o un peligro para la nación.

Es difícil entender cómo pudo estar sentado a la mesa, en la cena de pascua, y escuchar de labios de su maestro: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará”  Naturalmente, el resto de los apóstoles, se sintieron apenados y producto de ello fue que empezaron a preguntar, uno por uno: “¿Seré yo, Maestro?  Entonces, Jesús les respondió: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.  El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido”.   La actitud incomprensible de Judas se complica más, cuando en su afán de hacer creer que ignoraba lo que estaba sucediendo, le pregunta: “¿Seré yo, Maestro?”  La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “Tú lo has dicho”.

¿Qué pasaba realmente por la mente de este hombre, en aquellos momentos cruciales? ¿Tendría verdadera necesidad de obtener treinta monedas de plata para salir de algún compromiso económico? ¿Era para él más importante el dinero que el amor a su maestro, si es que lo sentía?

Lo cierto es que, cuando se consumó el hecho, aquellas treinta monedas de plata, por alguna razón perdieron el encanto que, en algún momento, habían nublado el entendimiento de aquel hombre.  Es más, empezaron a quemar las manos del infeliz, y la conciencia comenzó a experimentar abatidos remordimientos, al punto de correr desesperadamente en busca de los sacerdotes para devolverlas, pero al no ser aceptadas, las arrojó en el templo y maldijo la hora en que había entregado a su Maestro; y como sabedor de que el perdón no llegaría a su vida, porque su corazón no era capaz de pedirlo, tomó el cordón que ceñía su túnica en la cintura, y formando con él una soga que enredó en su cuello, se colgó de un arbusto, poniéndole fin a su nefasta existencia.

Esta historia no sería importante si no fuera por dos razones que considero necesario mencionar: una, que Judas fue el salvoconducto para que la humanidad alcanzara el perdón de sus pecados. Y dos: que nos muestra hasta donde es capaz de llegar el ser humano, por ambición.

En este último punto, me detengo a pensar, si la ambición es la característica que identifica a Judas, todos los seres humanos podemos ser Judas en el momento mismo en que seamos capaces, por ambición, de cometer cualquier acto que dañe a otras personas.

Por ello, cuando vea venir el cortejo procesional, te diré: ¡Señor!, quiero pedirte perdón, porque tú llevas tatuado en esa  cruz, por amor, todos mis pecados y los de la humanidad, sin que lo merezcamos.   Quiero ir a la par tuya durante tu recorrido, para mostrarte que estoy de tu lado, y si en algún momento desfalleces, yo ofrezco mi hombro para ponerlo en tu lugar.   Quiero mirarte a los ojos y decirte que perdones a tantos Judas, incluyéndome, por dejar de ser fiel, al no poner en práctica los principios y valores, frente a mis semejantes.  Quiero cargarte en hombros y, al cerrar los ojos, percibir el aroma de la flores que adornan tu cortejo, y mientras la música sacra penetra en mis oídos, derramar las lágrimas que sean necesarias para intentar lavar mis pecados, y pedirte perdón por tanta traición, por tantas ofensas, por tanta difamación, por tanta indiferencia, por tanta violencia, por tanta corrupción, las que seguramente cometemos, por mucho menos de treinta monedas.