El ser humano ha librado, a lo largo de su historia, muchas batallas, algunas por envidia, otras por ambición, unas cuantas por malos entendidos y hasta por el deseo de demostrar supremacía, como ocurrió acá en Esquipulas allá por el año de 1967, cuando los de arriba querían demostrar que eran mejores que los de abajo.

Lo bueno de esta batalla es que no salió a relucir armas de fuego, ni misiles, ni artillería pesada, ni barcos ni aviones.  Esta batalla fue a pie, con hules canches, cáscaras de naranja y “esqueleto”, según lo hago ver en mi libro LA CUADRA, y el que quiero compartir este fin de semana.

“Esquipulas de aquellos años solo estaba delimitada por unos cuantos barrios: San Joaquín, La Burrera, San Sebastián y Las Crucitas.  Esos son los que yo recuerdo, y los que más se mencionaban.  Sin embargo, cuando los jóvenes delimitábamos nuestro territorio, entonces lo dividíamos en: los de arriba y los de abajo.  Los de arriba éramos todos los que vivíamos del Puente Grande hacia la Basílica, y los de abajo, los que vivían del Puente Grande hacia la Parroquia.

Siempre se consideró que la parte frontal de la Basílica estaba a mayor altura que la parte en donde está ubicada la Iglesia Parroquial, aunque al situarse en el punto en donde antes era la casa de don Rogelio Sandoval, ahora Cámara de Comercio, y dirigir la mirada hacia la Basílica, da la impresión que uno está parado en la parte más alta de la ciudad.  Sin embargo, algunos inquietos esquipultecos como Hamblin Duarte y Gonzalo Guzmán (QEPD), pudieron comprobar por medio de un altímetro, que el sector de la Basílica está a mayor altura que el sector de la Parroquia.  Esto significa que los esquipultecos, desde hace muchos años, teníamos razón al decir: ¡Vamos arriba, a la feria! O ¡Vamos al concierto, allá abajo!

Por circunstancias que yo nunca entendí, pues nadie las explicó en su momento, empezó a existir cierta rivalidad entre los que vivíamos arriba y los que vivían abajo, de tal manera que, en una oportunidad los jóvenes líderes de ambos sectores se pusieron de acuerdo para enfrentarse en una batalla campal.  Naturalmente, en esta batalla no saldrían a relucir las armas blancas ni mucho menos las armas de fuego; esta sería una batalla en donde las armas serían los hules canches, que los niños y jóvenes de antes usábamos para lanzar cáscaras de naranja.

Es de hacer notar, que estas armas  se elaboraban con media vara de hule canche, delgado, el cual se anudaba en los extremos para formar una especie de circunferencia; luego se colocaba entre los dedos índice y pulgar; posteriormente, la parte frontal de la circunferencia se halaba hacia atrás, se le colocaba la cáscara, se estira con la otra mano cuanto fuese posible, y finalmente se soltaba, saliendo impulsada la cáscara a velocidad vertiginosa, logrando un impacto capaz de provocar un fuerte ardor en la piel del adversario.

En la actualidad, esta especie de arma ha quedado en desuso.

Pues bien, los líderes de ambos sectores convocaron a su gente para conformar su  ejército de combatientes, que de inmediato empezó a diseñar su estrategia de ataque, el movimiento de sus fuerzas, la división de diferentes frentes, los cabecillas de cada grupo, el mejor armamento y las mejores municiones; en fin, era toda una estrategia, una logística de ataque y contra ataque.

En el lado nuestro, el de los de arriba, había líderes como: los Rodríguez, los Pacheco, los Lemus, entre otros.  En la reunión preparatoria nos organizamos de la mejor manera que pudimos.  Ya estaba acordada la fecha y la hora.  Y llegado el momento, la guerra entre los de arriba contra los de abajo dio inicio como a eso de las diecinueve horas.  Grupos de jóvenes de ambos sectores aparecían como enjambre de abejas furiosas.  Las cáscaras de naranja zumbaban por todos lados.  Los combatientes de ambos grupos se retorcían cuando los “cascarazos” golpeaban la espalda, el pecho o la cara.  El parche rojizo que dejaba el impacto podía percibirse a pesar de la tenue luz amarilla de los focos del alumbrado público.  Poco a poco, los de arriba fuimos retrocediendo ante la envestida de los de abajo, los que finalmente nos llevaron de retroceso hasta el frente de la Basílica, y ya vencidos, nos dejaron perdidos entre los campos y los caminos circundantes a la gasolinera Gulf, ubicada en la entrada a Esquipulas.  Aquella primera batalla la habían ganado los de abajo.

Nuestros líderes, no tardaron en concertar un nuevo enfrentamiento, a manera de revancha.  Después de pactada la fecha y la hora vino nuevamente la organización.  Los de arriba, conservando aún las marcas de los cascarazos recibidos, pero sobre todo, heridos en nuestro orgullo, decidimos cambiar nuestras municiones; todos acordamos ya no utilizar las cáscaras de naranja sino sustituirlas por un bejuco llamado “esqueleto”, que se daba a las orillas de los cercos de alambre que protegían los terrenos cultivables o que servían como pastizales al ganado.

Cada guerrero armó su comitiva para ir en busca de las nuevas municiones, las que fueron encontradas a la orilla del cerco de la residencia de las hermanas Bethlemitas y en la vega de don Lalo Martínez. Ya de regreso, con una tijera empezamos a cortar el bejuco en pequeños pedazos, los que introducidos en las bolsas del pantalón nos permitirían cargar, con mayor presteza, nuestras improvisadas hondas de hule canche.

Finalmente se venció el plazo, y tomando al Puente Grande como línea divisoria, los dos grupos nos encontramos, una vez más, cara a cara.  La orden de atacar fue dada por los cabecillas de cada grupo.  Los de arriba empezamos a utilizar nuestros nuevos tiros, los que de inmediato surtieron el efecto esperado.  Los de abajo, empezaron a retroceder y a cubrirse detrás de los postes públicos y de las esquinas de las casas, pero la envestida era tal, que las carreras de retorno se hacían cada vez más evidentes.  Finalmente, los llevamos de retroceso hasta el Parque Central, logrando dispersarlos, de tal manera que algunos fueron a terminar perdidos por el acueducto Los Arcos y por los terrenos que hoy ocupa el Estadio Municipal INBOICA.  Los de arriba, nos habíamos cobrado la afrente de la primer batalla.

Esa noche, dormimos placenteramente, pues el dolor de los “cascarazos” en la piel era menor al sabor que nos había dejado el triunfo de los arriba contra los de abajo.

Recientemente, Guillermo Rodríguez me comentaba que quien había iniciado estos enfrentamientos fue un muchacho inquieto que vivía cerca del parque central, a quien todos apodaban “El diablo”, y cuyo nombre es Julio Morales.

Sea como fuere, las guerras entre los de arriba y los de abajo también forman parte de la historia, de nuestra querida Esquipulas”.