Cuando llegan las festividades del 15 de septiembre de cada año, el recuerdo vuelve junto a ellas.

Recuerdos de nuestra niñez y juventud, recuerdos impregnados de nostalgia por lo que se vivió.

Cuando éramos niños,  la llegada de esta festividad nos emocionaba al máximo, porque significaba que el 15 de septiembre, marcharíamos con orgullo, en todo el recorrido que comenzaba siempre, en la doble vía, continuaba por toda la tercera avenida o calle real, hasta finalizar en el estadio INBOICA, nos esforzábamos en demostrar al pueblo de Esquipulas, que,  aunque escolares imberbes, nuestro estilo cadencioso y ordenado repuntaba,  en cada paso,  el engreimiento de ser Guatemaltecos.

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Porque antes de que llegara ese día, desde mucho antes, habíamos practicado con fervor cívico, el estilo marcial de nuestra marcha.

Era obligación de cada educando, mantener el porte erguido, paso firme, frente en alto, vista al frente todo el tiempo, suficiencia en nuestro gesto,  que denotaba decisión de ser los mejores. Nuestras miradas,  de reojo, eran fugaces y veloces, quizá para, con una mirada relámpago, decirle con un guiño a nuestro primer amor, a nuestra madre o padre o bien a nuestros amigos, que vieran que elegantes estábamos y que importantes nos sentíamos.

 La competencia era dura, pues cada colegio, escuela o instituto, quería demostrarle a la patria representada por todos aquellos, que desde muy temprano, salían a posicionarse en las banquetas y aceras de nuestro pueblo,  que nuestra hidalguía, partía del hecho de sentirnos importantes para la Patria, hijos de Guatemala.

Porque el nacionalismo, nos brotaba a raudales, por cada uno de los poros de nuestra piel, junto a las  incontables gotas de sudor que demostraban nuestro mejor esfuerzo.

El día 15 de septiembre, en cientos de hogares de nuestro pueblo, amanecía más temprano, porque las madres y padres, se esmeraban porque su hijo o hija fuera el más presentable.

Sus zapatos, deberían reflejar el brillo del sol, su camisa, blusa, falda, pantalón, calcetas, calcetines, corbata, bonete, capa, cincho, etc., todo, todo debería lucir perfecto, con colores vivos, porque se celebraba el cumpleaños de la patria, la fecha más importante para nuestro pequeño país y porque para cada uno de ellos,  era a la vez, la máxima expresión de civismo y amor a Guatemala.

Quizá esta festividad solo era superada por la Noche Buena.

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Los sacrificios de nuestros padres eran enormes, pero al vernos ya transformados en estandarte vivo de su fervor patriótico, se sentían recompensados.

Nuestros maestros, presumían sus mejores galas, saco y corbata. Con paso cansino y mirada de águila, vigilaban nuestro comportamiento en el trayecto del desfile, su voz;  ora suave, ora severa, nos  animaba o reconvenía, según era la ocasión.

Las maestras, cual modelos de revista de modas, lucían hermosas y en una forma un poco más dulce, pero no por ello menos severa, nos exigían dar al máximo,  lo mejor de nosotros,  en aquella magna actividad.

Muchos eran los maestros y maestras,  tanto de nuestra Escuela Pedro Arriaza Mata, como de los demás establecimientos educativos, que no perdían ocasión, de demostrarle al pueblo, mediante la marcha cívica, que a sus hijos; se les estaban dando la mejor educación, que sus hijos estaban en buenas manos.

Vienen  a mi mente ahora, los nombres de las profesoras:  Alicia Paz, Alicia Jiménez, Noemí Cerón, Blanca Sarti, María Amézquita, Fidelina Buezo, Isabel Martínez, Argentina Vidal, Rosita Vidal, así como de los Maestros: Gonzalo Acevedo, Carlos Alonso, Alfonso López, Jacobo Cerón, Beto Monroy, Adrian Rosales, etc.

Sé,  que quedan muchos nombres por recordar, pero perdonen mi olvido, la verdad, que los recuerdos se amontonan y pierden en la niebla del tiempo, sé,  sin embargo,  que para cada uno de ellos,  hay un recuerdo especial como mentores de parte de ustedes mis estimados lectores.

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Al finalizar el desfile, nos sentíamos bien pagados, por el solo hecho de haber estado presentes y haberle dicho a nuestra querida patria, aquí están tus hijos e hijas, aquí está el futuro de nuestra nación.

Finalizado el desfile y aunque ya nuestros padres, habían pedido a los señores fotógrafos, que nos tomaran una foto marchando, siempre queríamos una más, con la cual queríamos perpetuar el recuerdo, de aquel maravilloso día; del quince de septiembre de cada año.

Hoy esas fotografías, son guardadas con cariño especial y, al revisar nuestro álbum de fotos, no podemos dejar de detenernos un momento en ellas, con nostalgia, las contemplamos y recordamos nuevamente, la grata e inigualable sensación que sentíamos en ese momento, EL ORGULLO DE SER GUATEMALTECOS.

Nuestras juventudes, viven las fiestas patrias de una manera diferente. Con el pretexto de pretender apartarnos de cualquier expresión militar, según los gobiernos, se ha relajado y rebajado la calidad de los desfiles, convirtiéndolas en meros paseos, sin expresión ni orgullo.

Este mismo relajamiento ha llevado a nuestros jóvenes a mirar con fastidio la llegada de este día. Su Orgullo ciudadano esta por los suelos.

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Estamos sin embargo, a tiempo de rescatar nuestros valores, pero ese es un tema diferente y profundo, en el que tendríamos que participar todos los ciudadanos de hoy.

Debo finalizar diciendo que: Decir Patria, es con orgullo decir: Guatemala.

Con todos sus sinsabores, problemas diarios, violencia etc. Pero Guatemala es nuestra tierra.

Una tierra con la bendición de Dios y que no en balde ha sido llamada el País de la Eterna Primavera.

Un país maravilloso, colorido, multicultural, un país en el que para bien o para mal, estamos atados hasta el fin de nuestros días. GUATEMALA, merece nuestro respeto, nuestro amor, pero ante todo nuestra convicción de que el mañana de nuestra nación,  será mejor que hoy.

Escrito por: Edgar Mata