AMOR PATRIO
 
Cuando el calendario indicaba que el mes de agosto había concluido, mi vecino arrancaba la hoja, y  al contemplar la palabra “septiembre”, sacaba con júbilo una escalera a la calle y empezaba a colocar banderas azul y blanco en el frente de su casa.  Y es que Francisco siempre mostró por Guatemala un amor inmenso.  Desde niño participaba en los festejos de independencia desfilando con gallardía, trayendo el fuego patrio desde lugares remotos sin mostrar el más mínimo cansancio, entonando el himno nacional con reverencia o llevando con honor el lienzo sagrado.

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Sin embargo, este año me sorprendí cuando al volver la mirada hacia la casa de Francisco, las tradicionales banderas no se encontraban en el lugar acostumbrado, a pesar de que ya habían transcurrido varios días del mes de septiembre.  Esto me provocó una serie de inevitables conjeturas.  Pensé que a lo mejor las banderas habían sido robadas, que mi vecino había olvidado quitar la hoja del calendario, que las banderas se había deteriorado y él no tenía dinero para comprar nuevas, que estaba enfermo o que había salido de viaje y aún no regresaba.  En fin, algo tenía que estar pasando.  Lo cierto es que ese día pasé inquieto y deseoso de conocer las razones por las cuales mi vecino aún no se había pintado el corazón de azul y blanco.
Al caer la tarde, mientras abría la puerta para recibir el aire fresco, ví al final de la calle acercarse la silueta de un hombre que caminaba con paso lento y cabizbajo. Cuando estaba a unos veinte metros de distancia de donde yo me encontraba, reconocí que aquel individuo era mi vecino Francisco.  Sentí alegría de verlo, no sólo porque parecía saludable sino porque tendría la oportunidad de saber los motivos que había tenido para no adornar su casa con los colores patrios.

 
Después de saludarle amablemente, procedí a interrogarle.  Él me escuchó con atención y luego guardó silencio por unos instantes.  Inmediatamente después, quitándose la gorra, dijo:_ ¿Quiére que le diga la verdad?  Sinceramente, no he tenido ánimo para colocar mis banderas.  La razón es que, estoy triste por todo lo que le está pasando a mi patria.  No es nada agradable enterarse que el suelo patrio se está tiñendo de rojo con la sangre de las víctimas de la violencia, que nuestra moneda cada día vale menos, que los niños se están muriendo de desnutrición, que las milpas y los frijolares se están secando porque ya no llueve, que las drogas están destruyendo a nuestra juventud, que cientos de “chapines” regresan diariamente deportados de los Estado Unidos y que nuestros pueblos permanecen estancados, sin progreso, y sin esperanza. 

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Francisco hizo una pausa.  Sus ojos se llenaron de lágrimas, y antes de que éstas rodaran por su rostro, me dio la mano apresurado y se marchó.  Yo me quedé literalmente mudo.  No pude decir absolutamente nada.  En mi mente resonaban aquellas afirmaciones tan duras, pero tan ciertas.
Al caer la noche, di mil vueltas en la cama pensando en lo mismo, hasta que finalmente el sueño me venció. 
A la mañana siguiente, al abrir la puerta de la calle para recoger algunas basuras dispersas en la banqueta, escuché un golpe de martillo.  Al volver la mirada, con asombró comprobé que Francisco colocaba las banderas al frente de su casa.  Inmediatamente pensé: “¿Será que los asesinos entregaron las armas y se arrepintieron de hacer tanto daño? ¿Será que nuestra moneda amaneció a la par del dolar?  ¿Será que los niños desnutridos ya están siendo atendidos y alimentados? ¿Será que la tormenta de anoche revivió la milpa y los frijolares? ¿Será que los jóvenes comprendieron que las drogas no sólo les destruye a ellos sino también a su familia y a la sociedad? ¿O será que Obama decidió ya no seguir deportando guatemaltecos? 

 
Una alegría inmensa inundó mi corazón, por lo que sin poder contenerme decidí preguntarle los motivos de aquel cambio de actitud.
Francisco, con un semblante diferente al del día anterior, me dijo: _ Yo siempre despierto a la cinco de la mañana, y después de hacer una oración, enciendo el radio para escuchar las noticias.  Hoy hice lo mismo, pero antes de las noticias colocaron el himno nacional, el cual escuché con detenimiento.  Y cuando cantaban la parte final que dice: “Ojalá que remonte su vuelo, más que el condor y el águila real, y en sus alas levante hasta el cielo, Guatemala tu nombre inmortal”, una llama ardió en mi corazón y me hizo comprender que debemos levantarnor en vuelo más alto que el cóndor y el águila, para que Guatemala siga siendo la tierra de la eterna primavera, la cuna de los mayas, y el país que todos soñamos heredar a nuestros hijos.

 
Nuevamente me quedé mudo.  Ahora mis ojos eran los que se llenaban de lágrimas. Y sin pensarlo dos veces, le apreté fuertemente la mano y luego lo abracé fraternalmente.  No eran necesarias las palabras. 
Regresé a casa, y mientras cerraba la puerta de la calle, escuché en la distancia: “Guatemala feliz, que tus aras…

 

guilver_peqEscrito por: Guilver Salazar.

Poeta y escritor esquipulteco