UNA SANTA NAVIDAD
 
Manuel tenía cinco meses de haber llegado a San Ignacio, un pueblo pintoresco, lleno de vegetación y muy cercano a la ciudad capital.  En ese corto tiempo había logrado ubicarse como trabajador en una empresa exportadora de flores naturales.  Conocía a casi todos los habitantes de aquel poblado y había logrado conquistar la amistad de todos ellos, gracias a su buen carácter, sencillez y corazón altruista.  Desde que llegó a San Ignacio, rentó una habitación en casa de la familia Alonzo.  Don Jacinto, su esposa y su hijo Raúl, vieron en Manuel a un joven digno de toda confianza y cariño, por lo que desde su llegada le consideraron un miembro más de la familia.

Las fiestas de fin de año se acercaban; los aires dicembrinos parecían colocar pinceladas de nieve y rocío a la policromía de los campos llenos de rosas, jazmines, margaritas, violetas y hasta variadas orquídeas.  De esa cuenta, cuando el calendario marcaba el día quince del último mes del año, Manuel, después de recibir su aguinaldo, se dirigió a la ciudad capital a comprar tres finos regalos navideños para entregárselos el veinticuatro de diciembre a los miembros de la familia Alonzo.  Ya de regreso, los guardó en la maleta de cuero que mantenía cerca de la cama.

Después de nueve días, llegó la tan esperada fecha.  Eran las trece horas del día veinticuatro de diciembre cuando el joven regresó de su trabajo; el resto de la tarde y el siguiente día lo pasaría en casa, ya que en la empresa le habían dado descanso por las fiestas de navidad.  Cuando entró a la sala de la residencia de los Alonzo, contempló sorprendido el enorme y hermoso nacimiento tradicional que don Jacinto, su esposa y su hijo venían fabricando con paciencia, creatividad y esmero desde inicios del mes.  Aquel nacimiento se parecía en mucho a nuestros pueblos: casas por todos lados, verdes montañas, un mercado en donde las figuritas de barro simulaban vendedores en plena actividad comercial, una banda de música que amenizaba el concierto dominical, una pareja de recién casados y sus acompañantes saliendo de la iglesia, calles empedradas y serrín de colores, y lo más importante, el bello portal en donde se apreciaba a San José y María, un pesebre, aún sin el Divino Niño, y a los lados, la mula y el buey, todo esto, lleno de luces de diferentes colores. 

Manuel suspiró, echando de menos a su pueblo natal, a su familia y a su gente, a la que había dejado para buscar un mejor futuro económico en aquel próspero lugar. Sin embargo, había encontrado consuelo en la familia Alonzo, de la cual recibía un trato preferencial.  Por ello, el joven deseaba que el tiempo corriera veloz, para que, llegada la media noche, entre cohetes, risas y abrazos, él pudiera manifestar su cariño y agradecimiento a la familia que abrió las puertas de su casa para albergarlo como huesped de honor.
Después de cenar, y cuando el reloj marcaba las veintiuna horas, Manuel fue invitado por don Jacinto, doña Inés y Raúl, a participar de los actos religiosos que se realizarían en la Iglesia Parroquial del lugar.  Sin dudarlo, el joven aceptó gustoso. 
La misa fue todo un ceremonial que rememoraba aquel maravilloso e histórico momento en que el Redentor del mundo nacía en un humilde portal de Belén, recordándonos, con aquel sencillo gesto, que todos los seres humanos, inferiores a su divinidad, debemos ser humildes, para ocupar un lugar especial, después de nuestro transitorio paso por la Tierra.
Concluidos los oficios religiosos, los asistentes se dieron un abrazo para desear los mejores parabienes a sus amigos y familiares.
Posteriormente, y justo en el momento en que Manuel creyó que regresarían a casa, la familia Alonzo le invitó a acompañarles en el recorrido tradicional para ver los nacimientos elaborados por cada una de las familias del lugar.  Fueron casi dos horas de peregrinaje por las diferentes casas de San Ignacio, las que abrían sus puertas para mostrar las obras de arte que con paciencia y devoción habían sido elaboradas.  Fue una experiencia maravillosa para aquel joven acostumbrado a otro tipo de celebración.
Cansados por el recorrido, pero entusiasmados por la belleza de los nacimientos, la familia Alonzo, en compañía de Manuel regresaban a casa.  El joven se dirigió, de inmediato, a su habitación y extrajo los regalos que había comprado para cada uno de los miembros de aquella familia.  Don Jacinto, su esposa y su hijo los recibieron con agrado, argumentando que era la primera vez que alguien les entregaba un presente navideño, ya que este gesto no formaba parte de las costumbres de aquel lugar.
A las doce de la noche, las campanas de la Iglesia sonaron alegremente, y justo cuando Manuel esperaba escuchar el sonar escandaloso de los cohetillos que se confundían con los disparos de las armas de fuego de alegres vecinos, sucedió algo inusual.  Doña Inés, después de colocar al Niño Jesús en su pesebre, le invitó a postrarse frente al nacimiento para pedir, a través del rezo fervoroso del Santo Rosario, que el Divino Niño llenara de bendiciones el hogar. 
Manuel, un tanto desconcertado, aceptó la invitación y participó de las oraciones, mientras notaba que en el poblado se percibía un silencio total.
Efectivamente, las calles de San Ignacio estaban vacías; todo mundo rezaba agradeciendo al Creador y pidiendo derramara bendiciones a familiares y amigos.  Aquella era realmente: una Santa Navidad.

Concluidos los rezos se ofreció la cena de media noche, con el tradicional tamal y un delicioso ponche de leche.  Luego, todos se despidieron con un abrazo y se dirigieron a su habitación.
Ya en su cuarto, Manuel meditaba sobre la experiencia vivida, la cual había dejado un gozo profundo en su corazón; se sintió más cerca de Dios. 
Aquella experiencia le hizo comprender que la Navidad es una fiesta espiritual.  Es la oportunidad de entregar nuestro corazón a Dios para que nazca en él, y que de esta manera haya valido la pena que el Hijo de Dios, diera su vida por nuestra redención.
!GLORIA A DIOS EN EL CIELO, Y EN LA TIERRA PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD!  !FELIZ NAVIDAD!

Guilver Salazar.