Tras la conquista del pueblo de Esquipulas en abril de 1530, la colonia española radicada en nuestras tierras empezó a trabajar arduamente para dotar a sus antiguos  pobladores, de los principales servicios públicos.  Fue así como, pensando en la manera de surtir de agua potable a la población, buscaron el manantial más adecuado, cuya ubicación y circunstancias topográficas, les facilitara la construcción de un sistema de alcantarillado, que llevara el vital líquido hasta la parte central del pueblo.  De esta manera se escogió el riachuelo denominado “El Recibimiento”, ubicado a un kilómetro de distancia del Parque Central, en dirección norte de la población.

    Después de seleccionar el manantial, se procedió a construir el acueducto sobre muros de mampostería (cal y piedra), usando tubería de losa, reforzada con ladrillo de barro, para poder impulsar el agua por medio de alcantarillas (conducto para las aguas sueltas), a lo largo de los llanos de La Burrera hasta llegar al río Tepoctún.  En este punto fue necesario construir un puente de arcos, para salvar la corriente del río y así poder llevar el vital líquido a la fuente que aún se ubica frene a Iglesia Parroquial.  A esta fuente, acudían los pobladores de aquellos años, para halar en tinajas, el agua que serviría para satisfacer las necesidades de sus hogares. 

    El Puente de los Arcos es similar a los que se construyeron en la ciudad capital de Guatemala, uno a inmediaciones del Zoológico La Aurora y el otro cercano a la Terminal Aérea. Este antiguo acueducto duró hasta el año de 1933, cuando el Alcalde Juan Fernández Mata, padre del escritor esquipulteco Vitalino Fernández Marroquín, consiguió que el general Lázaro Chacón, obsequiara la cañería galvanizada que le permitiría al pueblo de Esquipulas, contar con un servicio de agua potable, y abandonar aquel sistema colonial. El Puente de Los Arcos, aún permanece como testigo mudo de aquellos trabajos de ingeniería antigua, y el cual ha sido incluido como un punto  de atracción turística, aunque ninguna autoridad se haya preocupado por su mantenimiento.  Como el Puente de los Arcos había permanecido casi en el abandono, se prestó para que diferentes personas, aprovechando lo desolado y sombrío del lugar, llevaran a cabo ritos satánicos y actividades delictivas. En cierta época del año, cuando el reloj de la Iglesia Parroquial marcaba la media noche, solía escucharse el “chas, chas”, de un caballo que, al parecer, cabalgaba desde el acueducto los arcos hasta el parque central.   Lo extraño era que, el sonido no se escuchaba en todas las cuadras, sino solo en algunas.  Las personas que se atrevieron a asomarse a la ventana para descubrir su origen, aseguraban no haber visto al corcel que supuestamente las provocaba.

                En otras ocasiones, se escuchaban los ladridos de una jauría, que al parecer atacaba con furia a otro animal.  Quienes se percataron de ello, y observaron tras la ventana aquel suceso, aseguraron haber visto a los perros, pero no a su presa.

                De igual manera, en forma misteriosa, hubo una época en que varios jóvenes que vivían en los alrededores del Puente, empezaron a morir de forma violenta, uno tras otro.  Los vecinos, preocupados por aquellos desagradables acontecimientos, decidieron llevar a cabo una serie de actividades religiosas, dentro de las cuales se incluyó una misa de desagravio, que permitiera reparar, ante Dios, los daños causados por quienes habían cometido actos malignos.

                Cabe mencionar que, después de aquellas actividades religiosas, cesaron los fallecimientos violentos, desapareció el “chas, chas” del caballo y la persecución de aquella extraña jauría.

                Actualmente, el Puente de los Arcos luce libre de maleza, gracias a la iniciativa de un grupo de vecinos, encabezados por Jorge Villeda Recinos, quienes se dieron a la tarea de descombrarlo, permitiendo que las personas que deseen contemplarlo, puedan apreciar esta monumental y hermosa obra de ingeniería colonial.