DAÑO EMOCIONAL

Hace algunos días, para ser más exacto el miércoles 1 de febrero, presenté mi renuncia como maestro de la Escuela Pedro Nufio, para pasar a formar parte de los maestros jubilados de Guatemala.  En dicha escuela, laboré a lo largo de 17 años, y en total, fueron 32 años de labor docente, lo que me permitió conocer y servir a más de mil estudiantes.  Ya se imagina usted la cantidad de vivencias y anécdotas que un maestro puede acumular a lo largo de esos años; las suficientes como para publicar un grueso e interesante libro.  Pues bien, en esta ocasión quiero trasladar una de estas vivencias, aprovechando que estamos cerca de festejar el ya famoso día del Cariño.

Sucedió que, después de inauguradas las clases en uno de esos años que laboré en la Escuela Pedro Nufio, me tocó ir nombrando a cada una de las treinta y tres alumnas que formaría parte de sexto grado, sección “A”.  Cuando ya tenía formado al grupo, les pedí que ingresaran al aula, y que al entrar, procediéramos a saludarnos dándonos la mano.  Todas lo fueron haciendo con una sonrisa en los labios, el respectivo “buenos días” y de manera ordenada.  Sin embargo, cuando íbamos casi a la mitad de la fila, ingresó Carmen, una de las alumnas a quien llamaré con ese nombre, para evitar develar su identidad, por razones que más adelante usted comprenderá.  Al verla venir, le sonreí y le extendí mi mano, pero ella tímidamente me permitió tocarle, a penas, la punta de los dedos, y sin responder a mi saludo ingresó presurosa al aula.  Naturalmente, yo me sentí sorprendido e incómodo por la actitud de aquella alumna, que ya andaba por los catorce años de edad.  Pero…, traté de tomar las cosas con calma, pensando que a lo mejor todo era producto de su timidez.

En la actividad de presentación, todas dieron su nombre y el de sus padres, agregando sus propósitos para ese año.  Cuando le tocó el turno a Carmen, solo dio su nombre y el de su madre, y se sentó.  Llegada la hora de salida, dicha alumna fue la única que no se despidió de mí.

Con el transcurrir de los días, las semanas y los meses, Carmen siguió comportándose de la misma manera.  Cuando trataba de conversar con ella, agachaba la cabeza y se quedaba callada.  A pesar de ello, su rendimiento escolar era el de aquellas alumnas que ganan sus asignaturas con sesentas y
setentas.

Queriendo buscar una explicación a la actitud de Carmen, llamé en un par de ocasiones a su señora madre, pero siempre me argumentó estar muy ocupada, incluso hasta para llegar a recoger la tarjeta de notas de su hija, la que generalmente era recibida por otra familiar.

Cuando estábamos iniciando el último bimestre del año, los maestros de sexto grado nos dimos a la tarea de informar a nuestras alumnas, de las diferentes actividades que vendrían pronto: exámenes finales, despedida  y acto de clausura, en donde cada alumna luciría un uniforme de gala.  Esta información fue recibida con alegría, especialmente lo referente a la Clausura, y al hecho de estar cerca el momento de recibir su diploma de Sexto Primaria, aunque más de una, externó su tristeza porque pronto dejaría para siempre a su querida escuela.  Mientras esto sucedía, Carmen pasó agachada, escribiendo en su cuaderno, lo que yo consideré eran apuntes de lo hablado sobre estas actividades.  Ese día, a ella le tocó hacer el aseo del aula.  Terminada esta actividad, guardó presurosa sus cosas, mientras yo hacía lo mismo con las mías.  Luego, se acercó a mi mesa, y con voz suave dijo: – Aquí le dejo esto.  Y colocando sobre la mesa, un papel doblado en varias partes, salió del aula casi a la carrera.  Yo, tomé el papel, lo extendí, y empecé a leer lo siguiente: “Profesor Guilver, le dejo este papel porque quiero pedirle perdón por lo mal que me he portado con usted.  Yo casi no le hablo, porque cuando estaba en primer grado, mi papá abandonó a mi mamá y nos dejó solitas.  Y desde entonces, ella me ha dicho siempre, que todos los hombres son malos, y que debo alejarme de ellos.  Pero me he dado cuenta de que usted es diferente, que todas sus alumnas lo quieren, y que usted me trata con cariño a pesar de que yo soy muy mala.  Perdone que el papel está mojado, pero no pude evitar el llanto.  Su alumna: Carmen”  Cuando terminé la lectura, les aseguro que mis ojos estaban llenos de lágrimas y una especie de “nudo” se alojaba en mi garganta.  Aun así, sentí un enorme gozo interior que me hizo bendecir el día en que decidí ser maestro.

En los días sucesivos, Carmen salía a recreo tomada de mi brazo, y siempre andaba buscándome para sentarse a la par mía a conversar.  En aquel bimestre repusimos todo el tiempo que perdimos a lo largo del año, quedando en nuestra mente y corazón, el recuerdo de una hermosa amistad, en los días finales de aquel ciclo escolar.  Aunque tengo años de no saber de ella, estoy seguro que si lee esta historia volverá a revivir aquellos días de felicidad, que de lo contrario se hubieran convertido en un daño emocional para toda su vida.

Feliz día del Cariño y la Amistad.

Escrito por: Guilver Salazar…….