Aquella noche, el cielo estaba estrellado; un frío intenso hacía tiritar a los moradores de la gran ciudad, mientras se preparaban para conmemorar la venida del Mesías Redentor.  Las calles parecían desiertas,  solo la sombra de un hombre se desplazaba sigilosa, deteniendo eventualmente el paso frente a algunas viviendas, como si tratara de ubicar a “alguien”, a quien buscaba ansiosamente.  Era Manuel, un humilde obrero de unos cuarenta años de edad, que aquella noche del veinticuatro de diciembre había decidido visitar algunos hogares para establecer la forma en que el niño Jesús era recibido en Navidad.  Cuando estuvo frente a la vivienda de un abogado de gran prestigio, se acercó a la ventana que daba a la calle y desde donde se podía apreciar el jardín.  Con asombro vio una mesa muy larga, con manteles blancos, sobre la cual se había servido los más deliciosos manjares, y a cierta distancia, botellas de fino licor.  Alrededor de la mesa estaban sentados un buen número de familiares y amigos del jurista, los que en forma reiterada alzaban la copa y brindaban por un sinfín de motivos; pero curiosamente, ninguno de ellos mencionó al niño que estaba por venir.

Al llegar a la esquina ubicada frente a uno de los hoteles exclusivos de aquella zona, Manuel se detuvo para apreciar a un grupo de jóvenes que bailaban muy entusiasmados, haciendo bromas y “pegando” gritos.  El obrero se alejó justo en el momento en que contemplaba a las parejas comportarse de una manera indecente, comprendiendo que seguramente, en esas condiciones, ninguno de los chicos estaba esperando al Niño Redentor.

Más adelante, se detuvo frente a la casa de una familia aristocrática.  Sus miembros estaban reunidos en derredor de un enorme árbol adornado con bombas de colores y luces intermitentes que parecían recorrer, de rama en rama, el verdor de aquel ciprés cuya importante vida había concluido con aquella festividad.  Al pie del árbol, innumerables regalos de diferentes tamaños estaban por abrirse.  El jefe del hogar hizo la seña respectiva, al tiempo que, con evidente júbilo, niños y adultos buscaron su nombre entre aquellas cajas envueltas con papel de colores y listón.  Al abrirlos, se maravillaron de su contenido y posteriormente dieron gracias a quien se lo había enviado, pero…, nadie mencionó que había un regalo para el niño que estaba por llegar.

Finalmente, un tanto cansado, y sintiendo que el frío penetraba en sus huesos, Manuel decidió hacer la última visita.  Se acercó a la humilde vivienda de un panadero.  Los cinco miembros de aquella familia se preparaban para la cena.  Antes de ingerir los alimentos, se pusieron de pie y entonaron algunos cantos alusivos a la Navidad; luego, todos se tomaron de la mano y rezaron una bella oración en la que ofrecieron su corazón al Santo Niño para que lo usara como pesebre.  En vez de incienso, oro y mirra, le ofrecieron su entrega total, sus dificultades diarias y sus alegrías, pidiéndole que la luz de la estrella que iluminó el sagrado portal, les guiara por el camino del amor, la comprensión y la entrega generosa a los demás.

A Manuel se le llenaron los ojos de lágrimas, suspiró profundamente, y elevando su mirada al cielo, elevó una oración por su familia, que allá en la provincia le esperaba ansiosamente, para que juntos recibieran al Redentor de la humanidad.   Luego, con las manos metidas entre las bolsas de un lustroso saco, se perdió en la distancia.

Feliz Navidad para todos.

Guilver Salazar.