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CON LA ESPERANZA DE VOLVER, tema escrito por Guilver Salazar

Fernando estaba dispuesto a cumplir sus sueños de prosperidad; deseaba tener un buen empleo, ganar mucho dinero, comprar un terrenito y construir una casita en donde su madre pudiera sentirse segura y feliz.  Esas motivaciones lo llevaron, un buen día, a preparar su maleta, y a salir de madrugada de Esquipulas, con rumbo al norte.  Claro que su partida no fue fácil: su madre no paró de llorar toda la noche.  Pero hizo corazón duro; le dio un beso en la frente; ella hizo la señal de la cruz sobre su cabeza, hombros y pecho, y rogó al Señor de Esquipulas que lo llevara con bien.

Un mes después, Fernando contemplaba los edificios y avenidas de Los Ángeles, California.  Quizá en otras condiciones, su viaje no hubiera durado más de tres días, pero su paso de mojado, por México había sido una verdadera pesadilla.  Si no hubiese sido por las oraciones de su madre y las bendiciones del Negrito, la historia de Fernando pudo haber tenido un final diferente.

Afortunadamente, aquel joven tenía un amigo que lo esperaba, y quien estaba en la mejor disponibilidad de proporcionarle una habitación, de compartir un plato de comida en cada tiempo, y lo mejor, de presentarlo ante su patrón para que obtuviera un trabajo estable, con un sueldo decoroso.  En otras palabras, Manuel le tenía a Fernando: la sopa servida. Nuestro amigo inmigrante, no tardó mucho tiempo en mudarse a su propio departamento, y por supuesto, de llevar una vida independiente.  Esta decisión la asumió porque consideró que su amigo Manuel ya había hecho suficiente por él; era injusto que siguiera dándole todo, sabiendo que él ya recibía un sueldo que le permitía ciertas comodidades.  Naturalmente, Fernando y Manuel se reunían cada vez que podían, para salir a pasear, a divertirse, a ver una buena película o a echarse un par de cervecitas. Poco a poco, los dos amigos empezaron a divertirse más y a trabajar menos, lo que provocó que Fernando fuera despedido de su trabajo, y que le tocara regresar al apartamento de Manuel.  De aquí en adelante, vino para nuestro paisano una racha de mala suerte: chocó el carro de su amigo, y mientras Manuel iba a la cárcel, Fernando fue a parar al hospital; y por si esto fuera poco, por un descuido, el apartamento estuvo a punto de incendiarse.  Finalmente, Fernando y Manuel lograron un nuevo empleo, empezando con ello la búsqueda de un nuevo y mejor porvenir. Una noche, cuando Fernando llevaba seis meses de estar en los Estados Unidos, aprovechando la tranquilidad y la frescura del lugar, se fue a sentar a una banca de un pequeño parque ubicado frente a su  residencia.    Y fue allí, cuando recordó que ese día, 21 de julio, había iniciado la fiesta patronal de su pueblo.  Su corazón se aceleró, y sin quererlo, empezó a suspirar al recordar los buenos momentos que pasaba junto a su mamá y amigos, en su querida Esquipulas.  A su mente llegó el baile de los moros, el parque central, la investidura de las Reinas y las salutaciones, el algodón de azúcar, las crujientes garnachas, los bailes sociales, los desfiles escolares, las carrozas y el desfile hípico del día de los ganaderos.  Luego, su mente se trasladó a otros lugares y a otros momentos, también maravillosos.  Recordó las procesiones de Semana Santa, las alfombras del 9 de marzo, a Chentío parando carros, la Cueva de las Minas, la Piedra de los Compadres, la Misa dominical en la Basílica, la feria de enero, el día de los santos, el sabroso fiambre, las tradicionales posadas, los artísticos nacimientos, los deliciosos tamales, el sonido de los cohetillos, los abrazos y regalos de navidad y año nuevo, y todos aquellos momentos que solo en este pedazo de tierra que nos vio nacer, se pueden vivir.  Fernando se llevó las manos a la cara en un intento por contener las lágrimas.  La nostalgia de estar lejos de su tierra, de su gente, y en especial de su familia, había inundado su ser.

Aquel momento inesperado, marcó el final de su estadía en tierras del Tío Sam, ya que mientras se alejaba del parquecito, en su mente no había más idea que la de regresar a la tierra que lo vio nacer. Quince días después, Fernando estaba tocando la puerta de su casa.  Y al abrirse, recibió el abrazo más hermoso y las palabras más dulces que mujer alguna pudo pronunciar: las de su madre. Nuestro amigo volvió con unos cuantos dólares en la bolsa.  Realmente era muy poco para comprar el terrenito que soñó, y para construir la casa donde pensaba pasar el resto de sus días.  Sin embargo, estaba feliz de haber regresado a su Esquipulas querida, de volver a recorrer las calles de su barrio, de compartir los alimentos con su familia y de volver a estrechar la mano de sus amigos, sin importar que éstos volvieran a llamarlo, no por su nombre, sino por su apodo: “Chicotón”. Esta historia imaginaria la escribí con la intención de dedicarla a todos aquellos que, por diversas circunstancias, un día tuvieron que alejarse de esta tierra hermosa y bendita, con la esperanza de que la misma vida, un día les permitiera regresar.  Asimismo, se la dedico a todos los lectores que visitan la página  www.nuestraesquipulas.com, y que cada sábado están pendientes de mis publicaciones, prometiendo continuar con este segmento literario que nos permite hablar de Esquipulas: rinconcito bello de nuestra Guatemala, al que todos amamos entrañablemente.  Un abrazo para todos.

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